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Mueve tus neuronas, rejuvenecerás
La sabiduría es mezcla de reservas cognitivas y cualidades genéticas. Ejercitar el cerebro retrasa su deterioro.

   El siglo XXI será el siglo de la vejez. Hemos ganado obviamente en cantidad de vida. El gran reto es la calidad.

   Con la edad, igual que otros órganos, el cerebro sufre cambios que merman su agilidad, hasta el punto de que uno de cada 10 ancianos desarrolla algún tipo de enfermedad neurodegenerativa, alzheimer u otras demencias. Sin embargo, también es cierto que muchos mayores vapulean a los jóvenes jugando al ajedrez, recuerdan de forma prodigiosa historias de juventud y dictan sentencia con sabios consejos ante dilemas que nadie sabe cómo resolver. ¿Qué hace que algunos ancianos escapen a ese deterioro que parece inevitable y otros no? ¿Existe alguna manera de esquivar la pérdida de capacidades cognitivas?

   Un estudio realizado por investigadores de Barcelona tiene la respuesta: la educación continua desde la más tierna infancia permite llegar a la vejez con reservas mentales que permiten que el cerebro funcione bien, pese al deterioro físico. Es decir, que las personas que durante toda su vida llenan su despensa mental, en realidad están entrenando su cerebro para que en la vejez pueda funcionar bien, aunque tenga menos recursos fisiológicos.

   La teoría sobre la reserva cognitiva desvela que lo importante no es el número de neuronas, sino las conexiones que se establecen entre ellas, que se fortalecen con el uso y la estimulación cognitiva adecuada durante toda la vida. Cada vez hay más evidencias de que la capacidad cerebral no se encuentra tan sólo localizada en lugares concretos del cerebro, sino que está en red, y de que las personas con una mayor actividad intelectual desarrollan más redes durante toda la vida. Cuando son mayores, estas redes les ayudan a compensar las pérdidas.

   Las reservas mentales con las que se llega a la vejez no son sólo producto de la historia individual, sino también de la genética. Seguramente, los sabios que han pasado a la historia son una mezcla de la genética y del cultivo de reservas.

   En los ancianos, el más claro deterioro cognitivo está en la memoria y otras funciones ligadas como el aprendizaje y las funciones ejecutivas relacionadas con la acción y la planificación. Se pierde velocidad de procesamiento y capacidad para concentrarse en varias cosas a la vez. Sin embargo, hay otras capacidades menos afectadas como el lenguaje, que la gente mayor cultivada utiliza incluso con mayor eficiencia que los jóvenes gracias al conocimiento acumulado.

   ¿Cómo se cultiva la reserva cognitiva? Con una actividad intelectual intensa durante toda la vida que haga trabajar el cerebro igual que en el gimnasio se ejercitan otros músculos del cuerpo. No se cultiva sólo con carreras universitarias. En definitiva, se trata de alimentar la curiosidad y desafiar el intelecto.

   Aunque se tengan reservas, es importante mantener el cerebro activo durante la vejez con diferentes actividades intelectuales, como la lectura o el juego, relaciones sociales, como tertulias, y con ejercicio físico que contribuya a oxigenar las neuronas y mejorar las funciones ejecutivas. Las personas mayores que se jubilan y deciden hacer una carrera pueden obtener rendimientos tan buenos como una persona joven.

   También la memoria tiene pérdidas y ganancias, sobre todo si existen reservas. Con la vejez, las zonas del cerebro implicadas en la memoria a corto plazo son las más afectadas, sin embargo, la información enraizada que se guarda, la memoria explícita, resultado del aprendizaje, sigue activa. Por economía, el cerebro mantiene los recuerdos que biológicamente son más rentables para su posterior utilización.

   Tomado de: FamiliAlzheimer

Deficiencia en folatos y riesgo de demencia
Un estudio británico indica que las probabilidades de desarrollar demencia son 3,5 veces más elevadas entre los ancianos con bajos niveles de folatos.

   La deficiencia en folatos triplica el riesgo de desarrollar demencia entre las personas de edad avanzada, según un estudio del Instituto de Psiquiatría de Londres (Reino Unido) que se publica en el "Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry".

   Los investigadores siguieron el desarrollo de la demencia en 518 personas entre 2001 y 2003. Todos los participantes tenían más de 65 años y vivían en un área rural o urbana del sur de Reino Unido.

   En el trabajo se realizaron pruebas de validación al inicio y al final del periodo de dos años para descubrir si los participantes habían desarrollado demencia. De forma similar, se tomaron muestras de sangre para evaluar los niveles de folatos, vitamina B12 y homocisteína, así como el cambio en estos valores a lo largo del tiempo.

   Al inicio del periodo de seguimientos, casi una de cada cinco personas presentaba niveles elevados de homocisteína, mientras que el 17% tenía bajos niveles de vitamina B12 y un 3,5% mostraba deficiencia en folatos.

   Cuanto más elevados eran los niveles de folatos al inicio del estudio, mayores fueron los de vitamina B12 y menores los de homocisteína. Al final del estudio, 45 personas habían desarrollado demencia. De ellas, 34 habían sido diagnosticadas de Alzheimer, 7 presentaban demencia vascular y 4 otros tipos de demencia. La demencia fue más probable entre los participantes de mayor edad, con menos estudios, inactivos y que mostraban depósitos de la proteína ApoE.

   El inicio de la demencia fue más probable entre aquellos que presentaban niveles de folatos que habían descendido en los dos años anteriores, mientras que los niveles de homocisteína habían aumentado. Las personas que tenían deficiencia de folatos al comenzar el estudio fueron 3,5 veces más propensas a desarrollar demencia.

   Los autores sugieren que los cambios en los micronutrientes podrían estar vinculados a otros signos típicos que preceden a la demencia, incluyendo la pérdida de peso y la presión sanguínea baja.

   El ácido fólico se encuentra, entre otros, en los siguientes alimentos: jugo de naranja, espinacas, lentejas, espárragos, lechuga, maníes, frijoles, brócoli, cereales fortificados y en el arroz y pan de trigo enriquecidos. De ser necesario su médico podrá prescribirle un compuesto multivitamínico que contenga 400 microgramos de ácido fólico.

   Fuente: JNNPsy, 2008

Hábitos sanos permiten alcanzar una gran longevidad
Nuevos estudios profundizan en el papel que tiene el estilo de vida sobre la esperanza de vida y muestran que llegar a centenario es alcanzable con una vida sana.

   Llegar a los 100 años de edad no parece demasiado difícil, a tenor de las conclusiones de un nuevo estudio publicado en "Archives of Internal Medicine", siempre y cuando se siga al pie de la letra una serie de recomendaciones sobre vida sana.

   Los autores, del Brigham & Women's Hospital de Boston, concluyen que un estilo de vida saludable desde el comienzo de la tercera edad, que incluya evitar el sobrepeso, practicar ejercicio y no fumar, se asocia a mayores probabilidades de que los hombres vivan más de 90 años con una buena función física.

   Otro artículo publicado en el mismo número muestra que, si bien algunas personas sobreviven más de 100 años evitando las enfermedades crónicas, otras personas centenarias están afectadas por estas patologías y siguen viviendo unos cuantos años más sin llegar a ser discapacitadas.

   Los investigadores comentan que, según revelan los resultados realizados con parejas de mellizos, un 25% de la variabilidad en la longevidad humana puede atribuirse a la genética, pero el restante 75% depende de factores modificables.

   Los autores comentan que el consumo de tabaco, la diabetes, la obesidad y la hipertensión redujeron significativamente las probabilidades de alcanzar los 90 años, mientras que la práctica de ejercicio intenso regular las aumentó considerablemente. Además, los nonagenarios también presentaron una mejor función física, un mejor bienestar mental y una mejor autopercepción de su salud.

   En opinión de los autores, un varón de 70 años que no fuma, tiene controladas sus cifras tensionales y su peso, no presenta diabetes y practica ejercicio entre 2 y 4 veces a la semana tiene 54% de probabilidades de alcanzar la edad de 90 años.

   Por el contrario, algunos hábitos de vida no saludables reducen las probabilidades. Por ejemplo, los sedentarios tienen 44% de alcanzar los 90 años, los hipertensos un 36%, los obesos un 26%, los fumadores un 22%, los que presentan tres de estos factores un 14% y los que presentan cinco factores sólo un 4%.

   A juicio de los investigadores, estos resultados pueden arrojar más luz sobre las diferentes maneras en que la gente sobrevive hasta una edad extraordinariamente avanzada. "Determinar los mecanismos que facilitan retrasar o escapar a la discapacidad y a la muerte a esa edad merece investigarse a fondo", concluyen.

   Fuente: IntraMed, febrero 2008

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